El faro cortaba la noche.
Un hilo de agua mojaba la calle.
Caminaban juntos en dirección del puente.
Desde un zaguán una trompeta sonaba.
Ella miraba abajo los zapatos
entre colillas apagadas, periódicos y latones.
Él silbaba un viejo blues
y pensaba en algo qué decir...
Pero no llores por mí,
no llores por mí
porque tarde o temprano, sabes,
estaré de nuevo por acá.
Pero no llores por mí,
no llores por mí.
Nos encontraremos de nuevo, sabes,
cualquier espléndido día.
Una viejita indígena vestida de amarillo
los observaba sentada en un balcón.
Ella sonrió apenas y aventó una moneda
al mendigo del sombrero marrón.
Él marcaba los pasos como Jimmy Dean,
masticando algunas frases de adiós.
Cada cosa está ya hecha, cada cosa está ya dicha
cuando ves que la historia terminó.
Pero no llores por mí,
no llores por mí
porque tarde o temprano, sabes,
estaré de nuevo por acá.
Pero no llores por mí,
no llores por mí.
Nos encontraremos de nuevo, sabes,
cualquier espléndido día.
La banqueta estaba gris y desierta.
En la noche, una lámpara brillaba.
El la abrazó fuerte a su lado
mientras lejos un perro ladraba.
Estaba todo escrito desde siempre, sabes,
estaba encerrado en el mazo de cartas
que la Reina Roja se encuentra con el Jack,
pero al final el cambio reparte.
Pero no llores por mí,
no llores por mí
porque tarde o temprano, sabes,
estaré de nuevo por acá.
Pero no llores por mí,
no llores por mí.
Nos encontraremos de nuevo, sabes,
cualquier espléndido día.
Ella le dijo: "que el viaje sea bueno".
Él respondió solamente: "lo será".