"Después de la tormenta
viene siempre la calma",
se dijo como deseo de fortuna.
Y después del banquete
los caimanes y los chacales
se fueron
al quehacer de la noche.
Banqueros y opinionistas
saltaron a la escena
repartiéndose las sobras de la presa.
Diligentes recaderos
y honorables en carrera
cruzaron la frontera en silencio
antes de que amaneciera
ese día de primavera.
Y algunos Masaniellos,
sin creérselo tampoco,
propusieron eslóganes
de cabellos blancos.
Pero rápido la multitud
en fila por los saldos
les respondió con oleadas
de abucheos.
Consultores y administradores
cambiaron stock options
con títulos y promesas al portador.
Cooperativistas ávidos
y vivillos de barrio
se las ingeniaron para reciclarse
en arrepentimientos y otras banderas
ese día de primavera,
ese día de primavera.
Se regó la voz
de un cambio en la guardia
mientras los cuervos
volaban sobre el río.
Pero rápido pregoneros
y modernos adivinos
trapichearon
ilusiones y nuevos encantos.
Anarquistas decepcionados
e indomables cosacos
se convencieron
de que el camino era otro.
Y mientras instituían
procesos a las intenciones,
un niño alzó los ojos
y vio a su abuelo
llorar de rabia
ese día de primavera,
ese día de primavera.
Notables de iglesia
y parásitos intelectuales
mesclaron
hipocresías y morales.
Y el pueblo soberano
presentándose en las cajas
reclamó vales de descuento
para las masas.
Jóvenes precarios apostaron
en la hipoteca
contra las pensiones de sus padres.
Y los jueces cansados
cerraron las oficinas,
y partieron por un
fin de semana de fiesta
a la salud
de todos los condenados
ese día de primavera,
ese día de primavera,
ese día de primavera,
ese día de primavera.